Marruecos con Presupuesto Ajustado

By Enero 07, 2013 10832

 ¿Qué tendrá Marruecos que cada viaje que hago allí acaba siendo como una sobredosis de vitalidad?

Todos los viajes tienen algo de terapéutico, de purificador. Para mi viajar a Marruecos siempre ha sido uno de los destinos más inspiradores que he tenido la suerte de conocer.

No he ido mucho, tan solo cuatro veces, pero Marruecos siempre me ha ofrecido la posibilidad de calibrar mi mente, de actualizar mi sistema operativo como ningún otro destino. Me proporciona una agradable sensación de distante y familiar al mismo tiempo. Es otra cultura, otra religión y otro sistema social con más parecidos al nuestro que diferencias, y además está a tan solo 13km de mi casa.

Existen muchas formas diferentes de viajar a Marruecos, y todas ellas son perfectamente válidas. Según el tiempo que tengas, el mes del año o quién te acompañe (por citar tan solo unas pocas variables), tendrás una experiencia diferente.

Si te sobra la pasta seguramente no necesites leerte ninguna guía ya que podrás pagar a una persona para que te haga de guía parlante particular. Si vas con un grupo concertado podrás dejarte llevar por la planificación del día con personas como tú, pero completamente desconocidas. Puede que solo tengas pocas horas o pocos días y tu única opción es hacerte un tour exprés. O puede que tengas tiempo suficiente para pasarte varios meses. En cualquiera de estas situaciones vas a adquirir unas impresiones distintas, personales y genuinas. Sea cual sea tu disponibilidad o tu presupuesto, Marruecos es un destino que no debes perderte.

Este último viaje fuimos mi novia, Noemi, y yo en nuestro coche. Era la semana de fin de año del 2012 y decidimos ir sin rumbo fijo, a la aventura. Por exigencias del guión teníamos un presupuesto ajustado a 80€/día. Queríamos visitar el norte del país, su costa Mediterránea y las ruinas romanas de Volúbilis; pero estábamos abiertos a alternativas. Otros viajes que he hecho a este país al otro lado del Estrecho, intenso e interesante a partes iguales, fueron a lo largo de su costa Atlántica, principalmente para surfear y en grupo de amigos. En esta ocasión el viaje es sobre todo para conocer nuevas partes de Marruecos y para vivir experiencias nuevas con Noemi en un entorno apasionante y distinto. Acabamos con dinero de sobra, nos deleitamos con Volúbilis, pero no llegamos al Meditarráneo. ¡Ya tenemos excusa para nuestro próximo viaje!

Preparativos, burocracia marroquí y consejos para entrar en el país

FRS e Intershipping, las dos navieras con varios trayectos al día entre Tarifa y Tánger en ferry rápido, ofrecen billetes abiertos de ida y vuelta válidos para un año, así que si pierdes un barco te puedes subir al próximo. Te recomendamos comprar los billetes con antelación para encontrar buenas ofertas.

Las aguas del Estrecho de Gibraltar son muy transitadas. Si te toca un buen día de cielo despejado podrás disfrutar de unas preciosas vistas de las costas de África y Europa con tan solo girar la cabeza 180º. Te cruzarás con barcos pesqueros, enormes cruceros, gigantescos cargueros y tal vez algún valiente cruzándolo a nado, no es broma.

A pesar de que vamos en diciembre no necesitamos llevar mucho equipaje. Llevamos ropa cómoda y por si acaso llevamos también sacos de dormir. Tenemos una sola maleta para no cargar con muchas cosas del coche a los hoteles que todavía no sabemos cuales son ni dónde están. También llevamos una mochila para ir más cómodos cuando estemos haciendo visitas turísticas.
Marruecos tiene una excelente gastronomía, pero normalmente no la he encontrado enseguida. Así que para ajustarnos al presupuesto y para no castigar demasiado a nuestro estómago decidimos llevarnos bocadillos y fruta para nuestras primeras horas de viaje.

Salir o entra por Tarifa es relativamente sencillo. Entrar o salir por Tánger Ville (que es la única frontera marroquí que conozco) es un poco más caótico. Presta atención, te daré algunos consejos. Al recoger tu billete en la ventanilla del puerto te dan un formulario blanco que tienes que rellenar durante el trayecto y dárselo a un oficial marroquí en el mismo ferry. No tengo ni idea de cómo es el proceso si vas a pie, pero si vas con coche, además de tu pasaporte tendrás que llevar la carta verde del seguro y un justificante de que el seguro del vehículo está pagado. Necesitarás llevar también la documentación del vehículo y tu permiso de conducir.

Al bajarnos del barco nos encontramos con nuestro primer trámite burocrático al más puro estilo marroquí. Se nos acerca al coche un hombre de paisano con una identificación colgada del cuello. Sin foto, en árabe por supuesto, protegida por una funda de plástico semitransparente doblada por las esquinas y con pinta de haberse usado mucho. Nos la enseña rápido mientras nos pide el pasaporte y los papeles del coche. No es disparatado pensar que este señor es un funcionario, pero en realidad es un ciudadano marroquí que se gana la vida con el dinero que le damos los que cruzamos la frontera al final de este trámite. En mi humilde opinión, sería mucho más sencillo si todo el proceso fuese realizado por agentes de aduana, pero evidentemente debe de haber alguien que no opina lo mismo.

Nosotros no hablamos ni francés ni árabe, pero intentamos preguntar chapurreando a este señor sobre el proceso a seguir. Nuestra conversación no produce ningún resultado esclarecedor. En este momento se nos plantean dos posibilidades: 1. ¿Le damos todo lo que nos pide y se nos queda cara de cámara oculta mientras vemos a este señor que no conocemos de nada desaparecer en una marabunta de gente y coches con nuestra valiosa documentación?, o 2. ¿No se la damos y tenemos que abandonar el vehículo con nuestra documentación y sumergirnos nosotros mismos en esa marabunta de gente y coches para buscar a un oficial de uniforme, a poder ser detrás de una ventanilla, para que valide nuestra documentación? Ambas opciones son agotadoras y estresantes, y tendremos que usar una buena dosis de instinto, paciencia y perspicacia para poder cruzar la aduana con éxito unas cuantas horas después.

Si te decides por la primera opción tendrás que darle 10 Dirhams o 1€ al desconocido señor cuando por fin te haya traído tu documentación después de una larguísima espera. De cualquier manera, una vez tengas tus documentos validados, tendrás que ir andando a la ventanilla de salida del país, (si, de salida) para que vuelvan a validar tu pasaporte, esta vez sellándolo, no el de tus acompañantes, solo el del conductor. Cuando vuelvas a tu vehículo tendrás que volver a encontrar a un policía para que vuelva a validar, esta vez con firma, tus papeles y te dejen por fin cruzar la frontera.
Puede que en algunos momentos te de la sensación de no entender lo que está pasando. Buscas paneles informativos pero no ves ninguno. En estos momentos encontrar a alguien que hable tu idioma y esté doctorado en este tipo de situaciones es clave. Debes preguntar y contrastar la poca información que tienes con quien sea, cuantos más, mejor. Está claro que las aduanas son necesarias para controlar las entradas y salidas de un país, pero al pasar por esta en particular no podrás evitar pensar: ¿Y si todo esto fuese un poco más sencillo para todos?

Es un proceso un poco intimidante al principio pero a medida que te vas haciendo veterano le empiezas a ver su lado cómico. Cuando sales conduciendo por la frontera resoplas aliviado y te preguntas si esto te ha pasado de verdad o si ha sido una terrible pesadilla. Si nunca has pasado por aquí tal vez pienses que exagero, pero si has pasado seguro que entiendes lo que digo e incluso tengas una media sonrisa en tu cara ahora mismo.

Salimos del puerto y lo primero que hay que hacer es cambiar dinero ya que en España es muy difícil conseguir Dirhams. Justo a la salida del puerto, a mano derecha, hay una fila de oficinas de cambio donde te venden Dirhams a un precio muy caro, seguramente 10 dirhams por 1€. Hay otros sitios donde puedes conseguir un mejor precio. Como regla general cuanto más lejos de la frontera mejor cambio.

 

Assilah

Ponemos rumbo directo hacia Assilah, nuestro primer destino. Son las 2pm más o menos y primero queremos encontrar un hotel para quitarnos esa tarea de encima y poder empezar a disfrutar del país. El paisaje es muy parecido al que hemos dejado al otro lado del Estrecho, y poco a poco viajamos atrás en el tiempo hacia la España en los años 60. Marruecos es un país gobernado por un jefe de estado muy religioso que es a su vez jefe de las fuerzas armadas. Él controla absolutamente todo lo que se hace en su país. El gobierno es muy permisivo y seguro para los turistas pero autoritario con sus ciudadanos. Es una nación en crecimiento económico con una débil atención y justicia social y con muy poca conciencia ecológica.

Llegamos a Assilah y conocemos al primer bobi que vamos a tener el placer de conocer en este viaje. Cada vez que aparques tu coche, da igual dónde lo aparques e independientemente del tiempo que vayas a dejarlo aparcado, te vendrá a saludar, o por lo menos a hacerse notar, un hombre, con o sin peto fluorescente que esperará que le des una propina al marcharte. Según nos cuentan ser bobi es un trabajo muy solicitado entre la clase trabajadora marroquí. El pago debe realizarse al irte y es totalmente voluntario, aunque si lo preguntas te dirán que es obligatorio. Tu coche no corre ningún peligro tanto si les das algo como si no les das nada. Mi recomendación es que lleves siempre encima algo de cambio y les des a todos en función del tiempo que hayas estado.

Entramos a la medina por la Puerta del Mar y damos un paseo por el casco antiguo de Assilah. Buscamos un bar para sentarnos y ojear la sección de dónde dormir de nuestra biblia del viajero, el Lonely Planet. Assilah es precioso, en cierto sentido muy parecido a Tarifa. Hacemos fotos y empieza a calar en nosotros la sensación de que el tiempo avanza más despacio de lo que estamos acostumbrados.

Para nuestra primera noche encontramos el Hotel Belle Vue. 150 dirhams la noche en una habitación triple con un gigantesco lavabo rosa y baño compartido.  Las instalaciones hacen justicia a su precio, pero no somos escrupulosos y aceptamos la situación con una gran sensación de satisfacción por haber pasado la primera prueba. Nos sentimos aventureros y esto es parte del guión. Decidimos que vamos a dormir en nuestros sacos para no causar un innecesario gasto de lavado de sábanas a los gentiles gerentes del hotel.

El hotel está en una bocacalle del casco urbano de Assilah por la que no se te ocurriría adentrarte en circunstancias normales. Pero creerme, esta calle, o cualquiera de las adyacentes, son más seguras que la calle Serrano de Madrid al mediodía. Marruecos no es un país peligroso para los turistas. Por suerte el rey Hassan VI parece estar apostando por el desarrollo turístico del país y a los turistas nos ven como un Euro con patas, lo que significa que cuanto más a gusto nos sintamos más dinero dejaremos en el país.

Assilah es un destino turístico muy popular tanto para extranjeros como para marroquíes. Está cerquísima de Tánger y su casco antiguo está muy bien conservado. Nos cuenta el camarero de uno de los restaurantes donde cenamos esa primera noche que en la medina hay casas de lujo para famosos actores, políticos y futbolistas europeos, entre ellos varios Españoles. Paseando tras la cena conocemos a un grupo de locales en una peluquería de caballero (es notable la cantidad de peluquerías de hombre que se ven comparado con las peluquerías para mujer que están más escondidas). Les hacemos fotos y nos cuentan su afición por el Barsa. Uno de ellos habla muy bien español, le preguntamos porqué y nos cuenta que es profesor de español en la escuela.

Por la mañana nos vamos a buscar un buen sitio para desayunar y lo encontramos debajo de Hotel Marhaba, junto al coqueto Hotel Patio de la Luna. El desayuno es espectacular: café, zumo, crepes, mantequilla, mermelada y aceite de oliva por solo 1,5€. Tras el desayuno nos ponemos rumbo a Tánger.

 

Tánger

Tánger es una ciudad con mucha personalidad y mucho que ver. La principal cualidad de Tánger es ser una ciudad fronteriza de toda la vida. Hay ciudades fronterizas con relativamente pocos años de historia como tales, pero Tánger siempre ha sido y siempre será una ciudad fronteriza. Su posición geográfica, en el punto de conexión entre dos continentes separados por un estrecho mar, convierte a Tánger al sur y a Algeciras al norte en hermanas gemelas separadas al nacer. Ciudades cuyos rasgos de identidad son imposible de entender sin tener en cuenta los efectos económicos, políticos y sociales que les ha impuesto su condición de ser una ciudad en la frontera.

Esta condición aporta a Tánger una riquísima mezcla cultural. A mediados de los años 20 del siglo pasado, por citar solamente un ejemplo reciente, Bélgica, España, Estados Unidos, Francia, Países Bajos, Portugal, el Reino Unido y la U.R.S.S. se dividieron Tánger como si fuese un pastel y establecieron su condominio convirtiéndose en un foco para diplomáticos, traficantes, renegados, aristócratas, artistas, nuevos ricos, criminales y oportunistas. Un caldo de cultivo perfecto para la especulación y las injusticias enmarcadas en actividades decadentes y elegantes dónde unos mostraban lo que tenían mientras otros aparentaban tener lo que más deseaban. Fueron los años dorados de Tánger. De aquellos tiempos todo se ha evaporado menos algunos edificios, mansiones y hoteles, la mayoría de ellos se pueden ver y visitar en el paseo marítimo y en la parte alta de la ciudad.

Al entrar por la parte baja del casco antiguo se nos acercan uno a uno hombres hablando en español ofreciéndose como guías. La mayoría solamente quiere propinas y poca transmisión de  conocimientos histórico-culturales, así que harán lo posible para agobiarte y hacerte sentir incómodo con el fin de que les des algo de calderilla. Te perseguirán vayas por la calle que vayas y sin importarles la dirección que escojas. Si entras en una tienda para despistarles se meterán en la tienda contigo y se pondrán a hablar con el tendero haciendo de tu traductor, como si te estuviesen ayudando cuando no solo no necesitas su ayuda ni las has pedido, es que les has dicho ya diecisiete veces que no quieres nada de ellos. Son unos maestros del incordio y no aceptará un no por respuesta. Pese a todo, lo mejor frente al acoso y derribo de estos incómodos personajes es no mostrar ninguna agresividad e ignorarlos. Si te apetece puedes entablar alguna conversación con ellos y cuando ellos vean que no van a sacar ningún provecho de ti ellos mismos se irán.

Visitamos el mercado de la medina y nos empapamos de los sonidos, olores y los colores que inundan nuestros sentidos. Nos deleitamos con los puestos de aceitunas donde el género se expone formando elaborados montones de perfectos conos y nos impresiona el contraste entre el maravilloso orden de las aceitunas y el caos que nos rodea. En la parte del pescado hacemos una foto a un pescadero que parece un rey turco. Salimos a una plaza con un precioso cine estilo años 60, el Cinema Rif. Paseamos por los Jardines Mendoubia donde nos encontramos a un vendedor de pan ambulante y le compramos un delicioso pan redondo para recargar fuerzas. Subimos hasta el kasba desde donde apreciamos una vista de la bahía de Tánger y al otro lado del mar divisamos Vejer, Barbate, Bolonia y Tarifa.


Mequínez

Al día siguiente dejamos Assilah y ponemos rumbo a Mequínez. Conducimos por la carretera secundaria por que no tenemos prisa y por que queremos empaparnos un poco de la parte más auténtica de Marruecos. Paramos a comprar fresas y naranjas en los puestos ambulantes de la carretera. Sintonizamos con uno de los pocos canales de radio que emiten música pop y acabamos destornillados de risa porque el Dj no hace más que mezclar estribillos de unas 30 canciones sin parar. Nos encontramos con controles de policía en cada entrada y salida de los pueblos y ciudades. En uno de ellos nos ponen 300 dirhams de multa por ir a 73km/hora en una parte con un límite máximo de 60km/hora. Al final del viaje un marroquí que conocimos en el ferry me confirma que con un poco de tacto podríamos haber sobornado al oficial y habernos ido sin multa. Demasiado tarde.
Y por fin llegamos a Mequínez, una de las cuatro ciudades imperiales, grande y bulliciosa. Lo primero es buscar hotel. Después de algunos intentos fallidos aterrizamos en el Hotel Ouislane en la parte nueva de la ciudad. Un hotel con techos altos, amplias habitaciones y baño en cada habitación. Por 250 dirhams/noche definitivamente un peldaño arriba comparado con nuestro hotel de Ashila. Aún no lo sabíamos, pero esa misma noche y todas las que nos alojásemos en este hotel, nos esperaba una sorpresa.

Después de escoger habitación -la recepcionista nos deja escoger ya que están todas vacías- nos instalamos y nos dirigimos a la parte antigua de la ciudad rumbo a la medina. Aquí distinguimos claramente dos estilos de vida conviviendo juntos: Por un lado la vida que protegen los altos muros e imponentes puertas de los palacios y por otro lado el resto del mundo que comparte plazas, callejuelas y puestos de mercado. En Mequínez hay una plaza enorme, la Place el-Hedim, parecida a la de Marraquesh utilizada originalmente para anuncios reales y ejecuciones públicas. Es un buen lugar para sentarse y observar el ambiente: niños jugando al fútbol, vendedores ambulantes ofreciendo curas milagrosas y familias paseando. Es el epicentro de Mequínez, desde aquí puedes ir en cualquier dirección y encontrarás gente, ruido y puestos ambulantes prácticamente a cualquier hora del día y día del año.
No hemos venido a comprar nada en particular, pero si encontramos algo que nos llame la atención regatearemos como se espera de nosotros. Nos zambullimos en el mercado gigante que es la medina de Mequínez.

De vuelta al hotel notamos que hay un local adyacente con los cristales oscuros y con música a todo meter saliendo de dentro. Por lo visto hay una discoteca, o algo parecido, donde cualquiera puede beber alcohol. Estamos en el primer piso justo encima del local y al acostarnos nos damos cuenta de que la música y el ruido de la gente en la calle nos va a quitar unas horas de descanso. En medio de la noche nos despierta una pelea en la calle. Salimos al balcón del hotel y somos espectadores de primera fila en un reservado de cómo soluciona la policía en Marruecos este tipo de incidentes. De repente me doy cuenta de que la combinación policía, borrachera, pelea callejera y Marruecos no es muy apetecible.  Media hora más tarde y con la calle más tranquila nos volvemos a la cama.


Fez

Fez está a poca distancia en coche de Mequínez y es curioso ver viñedos a ambos lados de la carretera. He de confesar que Fez fue con diferencia el peor día de todo el viaje. Seguro que la ruidosa noche del día anterior tuvo algo que ver. La medina de Fez es preciosa, pero está sobre la ladera de una montaña y se hace cansado subir y bajar por ella, sobre todo si no has tenido una buena noche de sueño. Ninguno de los dos está en su mejor forma. Solamente hice una foto en Fez, fue lo único que me llamó la atención con suficiente fuerza como para inmortalizarlo. Fue la cabeza de un camello con la lengua fuera colgada en una carnicería. Mirándola ahora me parece una buena descripción de cómo me debía sentir en el momento. El cansancio nos hizo discutir un poco y decidimos que ya habíamos tenido bastante y deberíamos volver al hotel a descansar un poco antes de ir a cenar.

 


Volúbilis

Al día siguiente nos dirigimos al norte dirección la antigua ciudad romana de Volúbilis. La guía nos dice que hay un hotel de cuatro estrellas llamado el Volubilis Inn en la entrada de las ruinas, así vamos buscarlo antes de visitar las ruinas. La guía lo describe como un hotel de aeropuerto, y aunque creo que intentaba usar el término con tintes despectivos, a mi me sonó al leerlo como música celestial. Después de los hoteles que habíamos visitado, algo limpio y moderno era lo que necesitábamos. A pesar de ser noche de fin de año en el hotel éramos menos huéspedes que trabajadores. En el parking del hotel no había ni un solo coche y al entrar por la puerta se alegraron mucho de vernos, tanto que nos prepararon una fiesta de fin de año solo para nosotros. ¿Hotel de aeropuerto? No, El Resplandor.

Después de dejar las cosas en la habitación nos vamos a ver las ruinas romanas, es una antigua y enorme ciudad en medio del campo. Un apasionante paseo por la historia con calles, patios, muros y mosaicos apenas acordonados por los que puedes andar a tu antojo. Si eres un gran entusiasta podrás pasar unas cuantas horas deambulando por la cuidad. Es la primera vez que tenemos ocasión de observar de cerca el comportamiento de los distintos tipos de turistas que cito al principio de este artículo. Al estar en un espacio tranquilo y silencioso solamente ocupado por turistas es más fácil distinguir claramente los rasgos más significativos de cada uno. Su lugar de procedencia, su relación entre ellos, su condición social, etc. Esta actividad nos proporciona un entretenimiento extra con la historia de otro tipo de invasión como telón de fondo.

También visitamos la ciudad de Mulai Idris, la población más cercana a las runas romanas. Es un pueblo sagrado sobre la ladera de dos colinas que guarda la tumba del bisnieto de Mahoma y que da nombre a la ciudad. Además fue el fundador de la primera dinastía real del país y el personaje más venerado de Marruecos. Esta ciudad es uno de los lugares de peregrinación más importantes del país.



Chefchauen

Era la última etapa de nuestro viaje y el destino quiso que dejásemos lo mejor para el postre. Había oído hablar de Chefchauen, pero nunca había estado. No tenía una idea clara del sitio y lo que nos encontramos nos sorprendió gratamente. Chefchauen es un encantador pueblo en la montaña de Rif. Se accede subiendo por una serpentina carretera. Al llegar lo ves de lejos, con sus inconfundibles casas pintadas de azul añil posadas sobre una empinada ladera. Más de cerca distinguimos una intacta muralla que rodea a la medina.

Chefchauen es un pueblo que ha sabido compaginar con gusto e inteligencia el turismo masificado con la autenticidad. Desde los años 60 ha sido un punto de peregrinaje para mochileros en busca de hachís, pero últimamente se ha aburguesado pudiendo encontrar buena gastronomía, interesantes tiendas y cómodos hoteles. Tiene muchas cosas que ver y su gente es tranquila, por eso Chefchauen una buena alternativa a los frenéticos circuitos del resto del país.

Como si fuese un ritual, aparcamos el coche y nos ponemos a buscar un hotel. Al poco rato, tras fugaces visitas a habitaciones poco atractivas, llegamos a Dar Gabriel, un precioso hotelito en la parte alta de la medina. Los dueños son unos ingleses que viven en la Costa del Sol, pero lo lleva una encantadora familia bereber.

Paseamos por sus calles, entramos en una pequeña y oscura tienda de alfombras con un enorme telar y un señor bastante mayor aquejado de cataratas tejiendo tras el. Nos cuenta que es el dueño y ahora solo trabaja por mantenerse ocupado. Su hijo tiene una tienda más grande calle abajo. Le compramos una babuchas y alguna preciosa tela. En otra tienda Noemí se encapricha con una pulsera y yo con una figura de bronce que acabamos comprando por menos del doble del precio inicial tras una entretenido y largo regateo. Como sabíamos que la mujer bereber del hotel cocinaba le reservamos una cena para dos de auténtica cocina casera marroquí. Entablamos conversación con un turista japonés que comparte salón y cena con nosotros en la parte baja del riad mientras un grupo de portugueses se encomiendan a otros menesteres en la azotea de la casa bajo la fresca noche del cielo del Rif.

A la mañana siguiente volvemos a pasear por la medina y nos acercamos a la bajada del río, el kasba y entramos en tiendas de artesanía. Pero lo que más nos llama la atención son las tiendas de especias. Compramos jabones, incienso, canela, jengibre y salvia. No nos vamos sin comprar también mucho delicioso pan marroquí que congelaremos e iremos consumiendo durante el invierno de vuelta en casa.

 

Vuelta a Casa

Ya estamos en el ferry de vuelta a casa. La salida por la aduana no ha ido tan mal, hora y media entre hacer cola en la única ventanilla abierta y esperar a que pasasen el coche por una gigantesca máquina de rayos x con ruedas de camión. Mientras esperábamos entablamos conversación con Ibrahim, un marroquí de cincuentaypico dueño de una carnicería en Valladolid que vive en España desde hace 25 años. Luego, en el barco, me cuenta que antes de establecerse en España cruzó el Estrecho en patera 3 veces. Ahora está casado, tiene una hija nacida en España y da trabajo a cuatro empleados. Contrasto con él un poco mis impresiones del país. Le hablo de lo caro que es la miel en Marruecos y el buen negocio que podría hacer importando miel de España. Me dice que ya lo hace y que además trae aceitunas de Marruecos que son más baratas que en España.

Al entrar en nuestra casa sabemos que no hay nada como llegar a casa, pero para apreciarlo en su máximo esplendor uno tiene que salir y viajar. Tenemos la suerte de tener a un tiro de piedra un país rico en experiencias y en posibilidades. A Marruecos hay que ir, a Marruecos hay que volver.

 

 



 

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