Diciembre 11, 2018

Maríluz Romero Triviño | Cerdeña, Francia

By Mariluz Romero Junio 15, 2010 6265 0

mariluzEn la calle San Donato nº 8, había una carbonería, la del señor Gil, y  dentro del portalón, recostadas sobre la pared, tres piedras de molinos enormes, de un metro y medio de diámetro. Pertenecían a la panadería de Miguelito Corrales. Entre esta y la tienda de “Paca la Coneja” nací yo un 20 de Octubre de 1952. Entonces la mayoría de los tarifeños nacíamos en nuestras casas a pesar de que existía el hospital de las monjas -que hoy se emplea como geriátrico-, pero no era muy grande, ni lo es porque sigue siendo de las mismas dimensiones.

Quizá mucha gente recordará a mi abuela paterna, ella era curandera y muchas personas del pueblo y de la campiña venían a que les curase algún esguince o picadura de serpiente u otros accidentes caseros. Mi abuela se llamaba Sebastiana Peralta Sánchez pero la conocían por la Chanatiti. Mi abuelo paterno era motorista del barco Maria Flores. Vivieron en La Ranita, en el nº 1 de la plaza Santa Maria. !Qué tiempos aquellos!

La primera vez que salí de Tarifa, yo tenía cinco añitos. El motivo fue que mi padre, de profesión pescador en el Monte Jorge, con atraque en Algeciras, se tuvo que trasladar a Tánger para no perder el puesto de trabajo al irse el armador a aquella ciudad marroquí en el año 1957. Mi madre nos apuntó a mis cuatro hermanos y a mi, que era la menor en una escuela española que había cerca de mi casa, en el Zoco chico.

Regresamos a Tarifa cinco años mas tarde a la barriada de pescadores Ntra. Sra. de la Luz, frente a la Plaza de Toros, a quinientos metros de la playa de los Lances. Esta casa de dos pisos le correspondió a mi padre por la Cofradía de pescadores al ser padre de familia numerosa, pues de Tánger nos vinimos con un hermanito más y ya éramos seis.

Mi hermano Manuel nació en Tánger en 1958. Ahora tiene un pequeño comercio en la calle San José nº 15. Tuvo que cambiar de mercancía al llegar a instalarse dos nuevas tiendas de la competición y ahora vende Flores.

De nuevo volví al colegio del Retiro con mis hermanos pequeños. Asistía habitualmente a clases, pero al año siguiente mi suerte cambió al elegirme la maestra para hacer sus recados y limpiarle la casa apartándome de la enseñanza, prometiéndome que continuaría dándome clases por la tarde cuando ella regresara. Pero no fue así, me engañó y estuve dos años y medio trabajando para ella desde las ocho hasta por la tarde, así que me causó un trauma en mi niñez. Estas maneras de proceder se hacían mucho en aquella época por el sistema que imperaba y la miseria que había, y pagábamos justos por pecadores.

Mi padre y mi hermano mayor se marcharon a Francia, y en 1966 nos vinieron a buscar para emprender un nuevo cambio en nuestras vidas. Una vez instalados en el nuevo destino, esta vez en la ciudad de Lyon, la ciudad de la seda y la segunda de Francia en número de habitantes, mi padre nos inscribió en una escuela para emigrantes y mi hermana y yo aprendimos a coser y sacamos el titulo de costurera.

En Lyon viví la mayor huelga que he conocido, la de los estudiantes del barrio Latino y Grenelle de París, que luego se extendió a los trabajadores el 5 de Mayo de 1968. Ese mismo día del mes y año la desgracia se cernió sobre nuestra familia, mi padre fallecía a los cuarenta y tres años a causa de un derrame cerebral, así que la suerte cambió para todos nosotros y se rompió la ilusión que traíamos de trabajar unos años para volver a Tarifa.

Un año más tarde del terrible Mayo, nos mudamos a un pueblecito de la periferia a 20 km llamado Venissieux. A los pocos meses de mi llegada a este nuevo pueblo hice amistades y conocí a un chico emigrante italiano. Al año siguiente nos casamos y nos fuimos de viaje de novios a Venecia. Después nos instalamos en Carbonia, en la región de Cagliari, en la isla de Cerdeña.

Llevo cuarenta años residiendo aquí con familia numerosa, tres mozos y una moza y me dedico a mi casa y también a hacer trabajos artesanos que ocasionalmente los llevo a vender a los mercados de los alrededores. También estoy aprendiendo a bailar flamenco y como la nostalgia acude a menudo a mi mente, solemos ir de vez en cuando a pasar tiempo  a Tarifa. La última vez estuvimos en Septiembre durante la feria y lo pasamos muy bien. Con el deseo de volver pronto otra vez, me despido con un cordial saludo para todos los tarifeños.
Espero no haberme extendido mucho os deseo larga vida con la Revista y os deseo lo mejor.

Muchas gracias y un  fuerte abrazo de esta vuestra amiga.

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