Noviembre 21, 2018

La Isla de Tarifa

By Begoña Martinez Escudier Febrero 02, 2010 15769 0

En el punto más meridional de Europa se sitúa la Isla de Tarifa, también llamada Isla de Las Palomas. Se considera el tesoro más valioso que posee el Parque Natural del Estrecho. Sus valores ambientales, culturales e históricos han hecho de este lugar un espacio único aunque enormemente desconocido debido a su alto grado de protección bajo la responsabilidad del Ministerio del Interior y su condición de acuartelamiento militar cerrado al público.

 Se trata de una formación rocosa constituida por calcarenitas biogénicas, con un perímetro de 1850 metros, una superficie de 227.380 m2 y una cota sobre el nivel del mar de entre 8 y 10 metros. Su “piedra Marroquí” es la punta más al sur del continente Europeo.

A tan sólo 11 kilómetros de la costa africana, pasó de ser un lugar para las ofrendas rituales de los fenicios y cartagineses a los dioses, con el fin de que favorecieran la navegación y el comercio, a posteriormente convertirse en un sitio propicio para defender contra los ataques.

La primitiva entrada respondía a una zanja abierta en la roca y cubierta con una bóveda de ladrillo. Fue construida por los británicos entre 1812 y 1813 y nada tiene que ver con la actual que fue abierta hacia 1940.

Fue tras la ocupación árabe cuando se utilizó como cantera para extraer la piedra ostionera con la que se construiría el castillo en el siglo X y las fortificaciones de Gibraltar. Su primera construcción en el extremo sur sobre la “Punta de las Vacas” fue la torre almenara en el siglo XVI. Con 17 metros de altura y 10 de diámetro, la convertían en una poderosa torre custodiada por 3 guardas y un artillero. Con objeto de garantizar la continuación de las ahumadas del este o el oeste por parte de las otras almenaras, se convertiría en el punto de observación más avanzado de Tarifa sobre el mar y poder así avisar de los ataques sospechosos.  Fue durante el reinado de Carlos IV cuando se procedió a transformarla en el actual faro de Tarifa y colocarle un fanal que sirviera de guía al tráfico marítimo. Fue en la noche del 30 de mayo de 1822 cuando se encendió por vez primera.

Estado actual del faro de tarifa y parte de la casa de los fareros. La moldura intermedia indica el nivel de la antigua almenara.

Vista de la gran cantera en la punta noreste de la Isla y a la izquierda el camino que conduce a los búnkeres. Al fondo, la escollera artificial.

Al oeste de la Isla se encontraba la Dársena de Poniente, actualmente conocida como “el Foso”. Se trataba de un desembarcadero que proporcionaba a los barcos locales resguardo de los temporales del suroeste pero que desde la década de 1940 se encuentra arruinada debido a los temporales que acumulaban arena constantemente.

La Isla se fortificó principalmente durante la Guerra de la Independencia, de manos de los ingenieros del ejército británico. Es el caso del cuartel de Infantería llamado la “Casamata”, edificio al que se encuentra adosado el actual cuerpo de guardia o la Dársena del Rediente Occidental.

Durante el reinado de Fernando VII, Antonio González Salmón construyó siete baterías. La batería “de Levante” o “de San Antonio”  y la “de Guzmán el Bueno” o “de Poniente” son de la década de 1820. Posteriormente mandó a construir el almacén de pólvora de San Fernando a 6,7 metros de profundidad, por lo que se encuentra casi oculto a la vista.

Del final del reinado de Isabel II son las baterías acasamatadas “de San Fernando” y “de Daoíz y Velarde” y la “Puerta de Carlos III”, una bellísima puerta monumental que da acceso al recinto fortificado de la Isla y que fue levantada en torno a 1960.

La pérdida de insularidad tuvo lugar en 1808, obra de González Salmón, cuando se construyó la escollera de 769 metros que la une al continente. Ya desde el siglo XVIII diferentes proyectos insistían en la necesidad de unirla con tierra firme, sobre todo con el objetivo principal de construir un dique que protegiera al fondeadero de levante de los temporales del sudoeste, más que para habilitar a la comunicación terrestre por la que poder transportar cómodamente tropas y armamento a la Isla. Desde entonces se han formado las playas que la flanquean, la Caleta al este y el inicio de Los Lances al oeste, al quedar alterada la dinámica litoral del transporte de arena por las corrientes litorales. En la actualidad, el “camino de la Isla” se encuentra en un estado lamentable desde el punto de vista estético. El descuido que sufre la escollera no es justificado por los efectos de los temporales que azotan a este lugar.

Con el paso de los años la utilidad de las fortificaciones de defensa del Estrecho fue decayendo, sobre todo los almacenes de pólvora y repuestos más antiguos por problemas de humedad.  A partir de 1960 la Isla estuvo habitada por el Regimiento de Infantería, llegando en 1967 la Compañía de Operaciones Especiales (COE 21). La Isla acogería  a un total de 3000 hombres y 500 mandos, lo que hizo necesario remodelar el interior para la práctica de los ejercicios de entrenamiento, como una pista de atletismo, un campo de fútbol, una galería de tiro y una pista para las clases de defensa personal. Posteriormente la COE 21 fue trasladada y la Isla se destinó a la instrucción de reclutas hasta el 2001 que se decretó la supresión del Servicio Militar Obligatorio. La Isla de Tarifa perdió así todo su interés militar. En ese mismo año fue declarada Bien de Interés Cultural con la categoría de “Sitio Histórico”, lo que favorecería la protección de sus restos históricos y arqueológicos.

Poco tiempo después, las instalaciones se comenzaron a utilizar para alojar y dar un refugio temporal a los inmigrantes que sin suerte fueron interceptados al intentar cruzar las aguas del Estrecho de forma ilegal. Esta condición continúa actualmente, además de otras de carácter científico como la observación y estudio sobre la migración de aves marinas.

No sólo son los valores históricos los que han promovido la protección de la Isla de Tarifa. También radica su importancia en albergar poblaciones de especies vegetales endémicas de ella, como el caso del Limonium emarginatum, catalogada como vulnerable. Es una planta halófila que resiste los fuertes vientos de levante y está perfectamente adaptada a vivir en este ambiente tan extremo. Además, en las paredes rocosas de la Isla podremos encontrar una especie muy rara, el helecho Asplenium marinum, en peligro de extinción.

Otro encanto que posee la Isla son sus fondos marinos, únicos en el litoral gaditano. Los abundantes corales y gorgonias, junto a esponjas y ascidias forman un paraíso sumergido lleno de vida que nos indica la alta calidad que posee las aguas del Estrecho. La abundancia de peces que encuentran refugio y alimento en estos fondos como los congrios, morenas o sargos aumentan aún más la riqueza marina. Numerosos submarinistas vienen a bucear en sus proximidades, siendo uno de los alicientes el buceo entre los diversos pecios que naufragaron en sus proximidades, como el de Las Calderas al oeste o el de San Andrés al este, hundidos a finales del siglo XIX. Debido a la fragilidad de estos ecosistemas, el buceo en la Isla está regulado y puede requerir autorización en algunas zonas por parte del Parque Natural.

En los últimos años han sido muchos los interesados en el aprovechamiento de la Isla con fines diversos, desde el ocio a la investigación, pasando por el uso turístico. Se han realizado estudios sobre los impactos que generaría la apertura al público de este lugar. Existen muchos puntos de vistas a cerca de esta decisión, pero lo que no cabe lugar a dudas es que la sociedad hoy día no posee la concienciación necesaria para hacer un uso sostenible de las áreas protegidas, siendo esto un punto en contra para la conservación de los restos históricos y de la flora en peligro que hoy día tiene en la Isla su refugio particular. Dado el acceso restringido, son muy pocos los que conocen su valor en superficie; por ello sería primordial conocerla para atreverse a proponer un uso que no hiciera peligrar este patrimonio de todos. Ha sido gracias a su condición de acuartelamiento militar la conservación prácticamente original de las fortificaciones, una valiosa labor que  podría quedar en el olvido con uso inadecuado de este entorno.

A pesar de que no podremos acceder a la Isla, no nos iremos de sus proximidades con las manos vacías. Ver una puesta de sol desde la escollera no tiene precio y es el mejor recuerdo que podemos llevarnos de este paraíso.

 

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