Diciembre 15, 2018

La Ciudad de Barro, por Guillermo Pérez Villalta

By Junio 14, 2012 12118 0

Las torres se elevaban al pie de una abrupta cordillera de rojizas y redondas rocas. El adobe era su material. Todas ellas en tonos tierras que competían con el pedregal del fondo; sólo algunos toques encalados alrededor del alfeizar de las ventanas o enmarcando los pórticos introducían variantes a los colores rojizos. Por delante, y como contraste, crecía el palmeral que se extendía por todo el valle.

Era comienzos de marzo y paseaba por un frondoso camino que cruzaban las palmeras, las acequias que regaban las huertas, y los frutales florecidos. Curioso me acerqué a la ciudad atraído por su belleza y silencio. De lejos parecía impecable, pero a medida que la distancia disminuía podía ver con claridad que no todas las torres se erguían intactas. Algunas se desmoronaban, y a sus pies el adobe se volvía tierra, diluyéndose de nuevo en el entorno

Al dejar atrás las huertas y contemplar de cerca los edificios, el silencio se hizo más evidente; la ciudad estaba vacía. Entré en ella con cierto temor, con reverencia. Las paredes se adornaban con relieves geométricos de gran variedad y belleza, haciéndose más conspicuo en los entornos de los huecos, sobre todo en los pórticos. No resistí la tentación de atravesar uno de ellos. Allí, en la penumbra del interior, la ornamentación era aún más rica y profusa. Además de la geometría, los elementos vegetales enmarcaban escenas con figuras representadas de un modo claro y sintético. Cada una de las estancias parecía contener una historia, haciendo del recorrido del edificio una narración más densa cuya interpretación llevaría horas, quizás días ó años.

Seguí mi recorrido por las distintas mansiones, cada cual con su forma  peculiar. La excitación de descubrirlas, junto a la extraña sensación de intromisión en esas intimidades desconocidas, hacía que creciera en mí los deseos de verlas todas; así fui adentrándome, a veces con peligro de ruinas y desprendimientos, en cada una de las torres donde parecían habitar únicamente los vencejos.

Cuando la tarde comenzó a caer decidí tomar un descanso para contemplar desde el frescor de las palmeras las torres con una iluminación distinta de la matinal. De pronto, escuché otros sonidos, además del rumor del agua en las acequias y el chillido de los pájaros: era el rumor de cascabeles y campanillas de un rebaño que se acercaba a través de las palmeras. Con ellas llegaba un pastor de edad avanzada, quien dirigía con curiosos gritos la manada.

Cuando se acercó a mí, levantándose el sombrero de palma tejida me saludó, dirigiendo la mirada hacia las torres, pues parecía haberse dado cuenta de mí interés por ellas.

- Son hermosas, ¿verdad? -dijo sentándose próximo a mí-. Su contemplación llena el alma de belleza y tristeza. Seguramente usted pertenezca a la última generación que las vea erguidas. Poco a poco se deshacen, se desmoronan y vuelven a ser tierra. Pero no sólo me entristece esa pérdida, con ella se va lo que queda de la vida de aquellos que las construyeron.

- Dígame -le pregunté-, ¿por qué esas formas? Parece que tienen una intención, cada una posee casi su propia personalidad, como un carácter definido. Aquella es fuerte pero poco alta, la otra tiene dos torres, y la de al lado cúpula, ¿a qué se debe?

- Bien ha observado usted -respondió-. Cada una de ellas ha sido construida con un espíritu que la animaba, cada torre es la representación de quienes en ella vivían.  Fíjese en aquella, la de la cúpula que se alza sobre dos ábsides. Es una de las más intensas. Allí habitaba un guerrero y su esposa; se conocieron de niños, pues sus familias eran amigas. Ella era una niña poco común, en los juegos que con su amigo tenía jamás adoptó una postura blanda ó sumisa. Por el contrario, defendía sus ideas particulares, incluso, con la fuerza si era necesaria. Así aprendieron juntos todas las artes, las de la guerra y la de la casa. Cuando nació el deseo, también exploraron juntos sus cuerpos, así que la unión vino de un modo tan natural como el amor.

Llegó la época en que él debía partir a la primera batalla, queriendo ella acompañarle. Pero la oposición de todos fue tan grande que tuvo que desistir. Así no le quedó otro remedio que conformarse con la caza para practicar sus artes guerreras. Durante las batallas esperaba a su compañero en la puerta de la casa, hasta que este llegaba por fin, con la furia en los ojos. Ella lo conducía de la mano a través de las habitaciones, hasta llegar al dormitorio. Allí, miraba intensamente esos ojos que aún estaban en el campo de batalla. Entonces, él la atacaba con furia, creyéndola el enemigo, empezando una lucha que poco a poco pasaba del dolor al placer, hasta llegar ambos al paroxismo del orgasmo. Entonces, sus ojos se dulcificaban y el campo de batalla se transformaba en el blando lecho.

Pero un día trajeron a la misma puerta el cuerpo moribundo del compañero. Ella, como siempre, lo llevó hasta el lecho, y allí contempló los ojos aún perdidos que iban alejándose poco a poco. Los miró intensamente, de hecho con mayor intensidad que nunca, hasta adentrarse en ellos: siguiéndolo por el campo de batalla de la memoria que se apagaba, corrió con fuerza desesperada hasta atraparlos. Despojó de la armadura a su compañero, y vistiéndose con la precisión que da el conocimiento, cogió su caballo más veloz para llegar al punto exacto donde su amado había recibido la herida mortal. Allí, con furia, arremetió en la lucha con energías redobladas que le daban sus dos almas unidas. Todos se preguntaban cómo el caballero podía tener tanta fuerza y tanta furia, pues habían observado el mortal tropiezo que a poco había sucedido. Ninguno pudo adivinar tras la máscara de la coraza al nuevo cuerpo que portaba el espíritu del caballero. Pero sí que pudieron contemplar cómo se adentraba en la batalla hasta llegar a su corazón para, allí, con un grito, hundir su arma e inmediatamente levantarla después triunfante.

No hizo caso de vítores ni alabanzas; con paso majestuoso se dirigió hacia la casa de la cúpula y los dos ábsides. En la entrada no había nadie para conducirla a la habitación del lecho, pero allí encontró, aún esperándola, el cuerpo de su amado. Miró de nuevo sus ojos para devolverle su espíritu y, así, por última vez se miraron y compartieron la batalla. Fue tan intenso el aliento del éxtasis que por él se les fue el espíritu.

¿Puede ver usted –continuó el pastor-, el alma que habitaba en los dos ábsides y la cúpula? Pues cada una de esas formas tiene su espíritu. Como aquellas dos torres que se miran era la casa de dos amigos. Aquella que se enrosca en una espiral, la de un sabio, que añadía un escalón por cada libro que leía; o esa otra que se enreda en complicadas lacerías, la de unos tejedores que inventaban historias. Y cuando sólo quede tierra, nada quedará de ellos.

Mientras, el sol al ponerse había vestido la ciudad de un intenso rojo, y las flores empezaban a emanar sus fragancias nocturnas. El pastor se apoyó en su cayado y, echándose hacia atrás el ya innecesario sombrero, se dispuso a partir.

- Ahora usted -dijo con una sonrisa- también tiene la responsabilidad de no dejar vencer del todo el tiempo que todo lo desmorona. Sabemos que es una batalla perdida, pero, ¿No cree que es también una de las grandes empresas del ser humano?


Guillermo Pérez Villalta
Madrid, mayo del 2001   


Trascripción y edición Óscar Alonso Molina. Este cuento fue publicado en 2006 por TF Editores y Caja San Fernando en un libro titulado Once Cuentos con motivo de la exposición GUILLERMO PÉREZ VILLALTA, ARTÍFICE inugurada en Sevilla. El autor comenta referente a este cuento “Partió de mi visita en los años ochenta a una ciudad de adobe abandonada, en el sur de Marruecos. Imaginé a la memoria disolviéndose, volviendo todo a la tierra.”

 

 

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