Diciembre 11, 2018

Juan Villalta, El Don De La Mirada

By Chan Expósito Mayo 26, 2009 11660 0

No es cuestión de ponerse dogmáticos pero, si hablamos de Arte, el preferido de los tarifeños es la música. También el baile, entendido como un género de la danza. La pintura o la escultura tienen menos tirón pese a que la zona es cuna de reconocidos artistas. Pero al ser Tarifa municipio ligado a la palabra luz, no obviemos la fotografía, oficio cultivado con pasión adolescente por un pequeño genio con gran ingenio: Juan Villalta. 

Aquí presentamos imágenes inéditas del autor tomadas en los años 70.

"Siempre he intentado ser innovador, no quedarme en lo de siempre. Aunque reconozco que la fotografía artística no es lo que me ha dado de comer”. Cuando Juan Villalta se pone serio surge una sinceridad que, viendo su obra, provoca una cierta perplejidad. Sus miles de instantáneas recorren la historia de Tarifa de los últimos cuarenta años. Si el maestro Cartier Bresson se hizo eterno por captar, sin influir en la escena, el denominado momento decisivo, Villalta opta por provocarlo para, así, conseguir resultados que no se olvidan con facilidad. Mar y campiña, almadraba y toreo, mantisayas y guiris, Semana Santa e inmigración clandestina. Todos son asuntos que han captado sus ojos chispeantes sin necesidad de plantearse grandes metas, en sus ratos libres, con las primeras enseñanzas de un fotógrafo de Algeciras (Gázquez) que luego completó con un sistema autodidacta. La vida le ha dado un don: la mirada. “Mi método ha sido sencillo. Lo primero, callejear, acercarse a la gente con algo de gracia, pisar el terreno. Luego, la observación para imaginarme la foto. Y cuando ya la tengo pensada, iba a por la cámara y disparaba. No muchas fotos, porque soy de los que no entiendo a los que gastan y gastan carrete...O lo que sea ahora porque con la fotografía digital, lo mismo que ocurrió con la llegada del color, todo ha cambiado una barbaridad”. Le han regalado alguna cámara digital pero sigue apegado a la artesanía de la Hasselblad y la magia del blanco y negro.

Juan nació en la Tarifa de “adentro”, la que nos va meciendo desde la Puerta de Jerez hasta la Puerta del Mar pasando (¡cómo no!) por la Calzada. Fue en 1928 (echen cuentas y les saldrán los 81 años que tiene en la actualidad). Un tiempo, casualidades de la vida, en la que llegó al pueblo la fábrica de la luz, o la estación eléctrica, como ustedes gusten. “Mi padre fue el encargado. Se llamaba Francisco, pero todos le conocían como Curro Villalta. También arreglaba barcos y fue el primer taxista del pueblo. Los más veteranos pueden todavía dar detalles de su Chevrolet. Mi madre, Joaquina, venía de la campiña y fue una maravillosa ama de casa. Me tocó ser el último de ocho hermanos, cinco chicos y tres chicas (una de ellas, por cierto, madre del artista Guillermo Pérez Villalta), todos viviendo en una casa de la calle Silos. Me llamaban, por tanto, el benjamín”.

El peque de la familia pudo ir al colegio, al Cervantes, ese coqueto edificio de la plaza de la Ranita que evoca la arquitectura del colonialismo español en el norte de África. “Me acuerdo del profesor, Rafael Casalés. También de un buen amigo de la infancia, otro Rafael, con el que echaba muy buenos ratos jugando en la calle de la Luz. Nuestro pasatiempo de lujo era un toro de cartón al que dábamos unos pases de categoría. Una época, la de la niñez, a la que tengo cariño, principalmente porque todavía no había llegado Franco”. A los trece años Juan se puso a trabajar en la librería de una de sus hermanas. Allí comenzó a viajar con las novelas de Agatha Christie. El dictador ya estaba al frente del cotarro patrio y Juan se quedaba pasmado con los rostros curtidos por el sol de los temidos militares marroquíes que llegaron a Tarifa con la victoria del bando nacional. Al cabo de poco tiempo Villalta se dio cuenta que lo del Orient Express y los vagones de primera tardaría en hacerse realidad. Por ejemplo cuando fue llamado a filas para el servicio militar, en San Fernando, Marina. “Fue una pérdida total de tiempo, barriendo, fregando y en la cocina. Y lo del tren ni en pintura. El dedo era lo único que tenía para intentar llegar a casa de permiso”. La suerte que tuvo es que de los dos años de mili, los últimos seis meses estuvo destinado en Tarifa, en la oficina de los marineros que había frente a la Iglesia de San Mateo.

Todo esto nos lo cuenta Juan en su casa, o más bien, en su santuario, todo blanquito por fuera y por dentro. Dos estupendos butacones, de los de orejeras, dan acomodo a una conversación con enjundia en las que nuestro protagonista hace gala de una cierta coquetería, disimulada, pero coquetería a fin de cuentas. También de carácter. A ratos se levanta, y con sus pasitos cortos, nos va haciendo de guía. La cocina es la única de las estancias en las que no hay fotografías en las paredes. En el resto hay obra propia y también instantáneas de recuerdos más personales. Que si una con Rocío Jurado, que si otra con Alberto Schommer. “Gran fotógrafo -apunta Juan-, aunque entre mis preferidos están Sebastiao Salgado, Alberto García Alix, el navarro Ortiz de Echagüe o el mítico peruano Martín Chambi, que recorrió en burro el Machu Pichu”. También trofeos y reconocimientos, alrededor de doscientos en su haber. “El primero lo conseguí con una foto que envié a un concurso organizado por un programa de Televisión Española que presentaba Marisa Medina, Fin de Semana se llamaba. Fue la primera vez que me lancé al ruedo”. En cuanto a la obra propia, lugar privilegiado del salón para una fantástica imagen de dos ancianas riendo con ganas mientras sostienen una guitarra. “Gustó mucho en Barcelona; no es mala”, apostilla.

Lo de que la fotografía no le ha dado de comer es cierto, pero con matices. “Cuando acabé la mili monté una frutería. Luego una tienda de comestibles. Era una época en la que el papel de estraza era un elemento fundamental para envolver los productos. Pero pensé, busqué e innové. Fui el primero, o de los primeros, en vender aquí jamón de York. Lo mismo con los yogures. Por si fuera poco, me atrevía con el pescado congelado en un pueblo al que, si algo le sobraba, era pescado fresco y de calidad. Mi tienda estaba justo enfrente de la plaza de Abastos, pero eché palante y mira cómo ha acabado la cosa. Ah!, e introduje las bolsas de plástico en lugar de los envoltorios de papel. Siempre innovando, era mi lema”. La faceta de comerciante de éxito es la que más se conoce de Juan por parte de sus convecinos. No se paró ahí. Es muy recordado el bar El Coto, en la calle de la Luz, donde hoy se encuentra el bar Galería Diez. “Me fue muy bien el negocio, había muy buenas tapas y los soldados que hacían la mili en Tarifa siempre paraban allí. Y encima los clientes me servían de modelos para seguir practicando mi afición. Fíjate por dónde esas paredes han acabado convertidas en sala de exposiciones”. Y como agua de manantial que acaba en río, Juan montó una tienda de... fotografía. Lógico. “Me aburría con lo de las bodas, bautizos y comuniones. Y con el revelado, pese a que la necesidad de ir a por material me daba la excusa perfecta para una viajecito a Gibraltar o Ceuta. El caso es que, una vez más, el invento me salió bien y no me faltó para comer. Eso sí: con lo que disfrutaba era con lo artístico”.

Para entonces, en los 70, ya tenía relación con colectivos de aficionados, como el de San Fernando o más tarde con la UFCA, de Algeciras. Eso le permitió subir un nuevo peldaño: la posibilidad de que su obra se diera a conocer y llegaran las exposiciones. En esa tienda, situada en el local que ocupa ahora una tienda de ropa fashion frente al Café Central, Juan enseñó mucho de lo que sabía a Manolo Rojas, sinónimo de fotografía en la Tarifa de hoy. “Técnicamente sabe más que yo, es un fiera”, añade.

Ver en un par de horas la obra de Juan Villalta es tarea difícil. Por eso nos tiene preparada una selección. Cada una de las imágenes guarda detrás una historia que nos sumerge en una cantidad ingente de nombres, lugares y personajes que forman el imaginario colectivo de todo un pueblo. Sus retratos son una muestra de ello. Es el caso de Juanito, el de la película La niña de luto que rodó Manolo Sumers en Tarifa (aquí hizo la mili), que aparece junto a una mujer conocida como La Grifa. Qué decir de un joven Ignacio Vinuesa (sí, el hijo del practicante), convertido con el tiempo en uno de los oftalmólogos españoles de mayor prestigio, que es retratado a lo hippy con una paloma entre las manos. O un jovencísimo Mazoko, quizá el primer subsahariano que se instaló en el pueblo, al que Juan hizo una sugestiva fotografía con el torso desnudo. Esas sensaciones visuales ya las vieron en su día, casi como una revelación, dos inglesas a las que Juan tiene un cariño especial. “Pati y Amanda, a las que conozco desde hace muchos años, me animaron a publicitar mis fotografías. Le daban un valor superior al que yo mismo creía que tenían... Ah!, que no se me olvide: gracias a todos los que se prestaron a mi provocación, a los que fueron mis modelos”.

Villata, ahora en el otoño de su existencia, también tuvo su punto provocador. Se entiende mejor cuando uno contempla a Paquirri, vestido de luces, en la plaza de toros de Tarifa, sosteniendo un capote y ¡leyendo un libro a la vez! Lo pueden hacer si se pasan por la bodega En Cá Curro y, justo al entrar, se dan la vuelta y miran hacia arriba. Todo un espectáculo, sin duda. El bar Galería Diez, el restaurante La Pescadería o el hotel Punta Sur también ofrecen muestras permanentes del arte de nuestro protagonista. Así que ya no tienen excusa para gozar con parte del legado que nos deja. “Apenas toco ya la cámara. Estoy algo borracho de fotografías y un poquito flojo, para qué vamos a decir lo contrario...En el fondo, siempre he sido algo vago por naturaleza”. Si él lo dice, así será.

Se ultima un libro sobre las fotografías de Juan Villalta. Una editorial de Granada anuncia la publicación, para final de este año, de un volumen con una cuidada selección de las fotografías del tarifeño. El propio Juan ha escrito los comentarios que acompañarán esas imágenes. Esa misma editorial, Traspiés, ya editó hace cinco años una escueta monografía dentro de una colección titulada La pulga en el ojo, cuya edición está agotada. Menos mal que, parafraseando un tópico del cine (arte que entusiasma a Villalta), siempre nos quedará Internet. En Tarifa puedes admirar y adquirir obra de Juan Villalta en el bar Galería Díez, en la Calle de la Luz.

Iñigo Asís RETRATO

 

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