Diciembre 10, 2018

La Industria Conservera de Pescado: Esplendor Tarifeño

By Chan Expósito Febrero 04, 2009 21160 0

El viajero llega a Tarifa con la ansiedad de ver sobre el terreno los vestigios de una época consumida por el paso de los años; aunque no olvidada. De hecho la memoria es lo que le trae a Tarifa en esta ocasión. La memoria colectiva de buena parte de la ciudadanía, de aquéllos que nacieron antes del auge de la marca “Ciudad del Viento” como atractivo empresarial. La mayoría de ellos, y sobretodo ellas, vivieron en primera persona o muy de cerca la época dorada de la industria en Tarifa: la de las conserveras.

Llevado por el viento Levante, el viajero aterriza en La Chanca, una barriada tarifeña frente a la playa de Los Lances. A su izquierda, una gran nave en la que un par de azulejos recuerdan que el edificio se construyó en 1953. Y debajo un letrero en el que se lee: “Almadrabas de España S.A.”. A la derecha, otra nave, pero ésta con letrero moderno: “Industrial Conservera de Tarifa”. Es la última de las fábricas de pescado que sigue en pié. Antonio Ruiz, cordobés de nacimiento, es su gerente. Antonio nos cuenta que la producción anual es de 1.900 toneladas (75% de caballa y el resto de melva). Envasadas en latas desde 125 gramos a casi dos kilos para una clientela fundamentalmente andaluza. La plantilla la forman 92 personas, con distintas especialidades: descarga, descabezado, eviscerado, hervido, aceitado, cierre de envases, esterilización y empaquetado. Aunque tres cuartas parte de la plantilla, todas mujeres, se dedica al desespinado y enlatado del pescado (conocido como estiba). De los datos aportados por Antonio sabemos que la historia del edificio comienza en 1915, cuando un albaceteño y un alicantino (Martínez y Ródenas) decidieron juntar sus apellidos en una nueva marca de salazones. El Estrecho, por entonces, parecía una mina inagotable de pescado.

Sus sucesores así lo creyeron hasta 1990, cuando pasaron los bártulos a un grupo de empresarios locales que mantuvieron la “MR” del logotipo aunque rebautizaron la marca como “Marina Real”. En 2001 absorbió a “Piñero y Díaz”, uno de los emblemas más conocidos de la industria conservera tarifeña. Su fundador, Diego Piñero Moreno, la creó en 1939 gracias a los beneficios obtenidos con su numerosa flota de barcos y su buen olfato para las relaciones con los políticos. Fue todo un personaje: para unos, un luchador que de la nada creó un imperio empresarial; para otros, estridente y excesivo. En la época dorada de las conserveras (1945-1970), Diego Piñero lograba manufacturar ocho toneladas diarias de pescado. En 2004, cuando Antonio recala en Tarifa para hacerse cargo de la gestión del sector conservero, se encuentra con dos fábricas: la de la Chanca (que comercializaba las marcas “Marina Real” y “Piñero y Díaz” ) y la de “La Tarifeña”, creada en 1910 en la calle Arapiles por Jerónimo y Antonio Romero (y vendida en 1924 a Salvador Pérez Quero, que años más tarde fue alcalde de Tarifa). Cada una, por su lado, estaban abocabas al cierre debido a los precios más baratos de las conservas de pescado de Perú o Ecuador. Y se tomaron dos decisiones estratégicas: unificar la producción de las tres marcas en un mismo recinto (el de la Chanca) y mantener su método todo lo tradicional que se pudiera (lo que permitía añadir el plus comercial de pertenecer al Consejo Regulador de Melva y Caballa de Andalucía). El objetivo ahora es conseguir solucionar las cuestiones urbanísticas que permitan construir una nueva factoría frente al polígono de La Vega, al otro lado de la nacional 340. El plan de futuro de la compañía pasa por mantener la producción pero, con las nuevas instalaciones, potenciar a la vez una gama de productos “gourmet”, muy conocidos en la tradición conservera tarifeña.

El viajero deja atrás La Chanca, sube por la calle Numancia y se cita al calor de un buen cafelito con José Araújo Balongo, Pepe Araújo. Va camino de los 73 años. Con 13 entró a trabajar en el taller de confección de envases de “Lloret y Linares”, una empresa conservera originaria de Alicante que se instaló en Tarifa en 1887. Su sede, conocida como “El Cuartel de los Valencianos”, estaba en el “Barrio Afuera”, como la mayoría, en un solar que ahora ocupan una sucursal bancaria y varias tiendas de fotografía, telefonía móvil y ropa surfera. Mantuvo su producción hasta 1962 y prosiguió su actividad como almacén distribuidor hasta 1979. Los cambios económicos en España, con sectores en expansión como el turismo o la construcción, unido a la merma de los caladeros, hicieron ver a los propietarios que podían sacar más tajada vendiendo el terreno. Pepe, ya en tareas administrativas, fue de los que se quedó hasta el final. Y desde entonces hasta 1996 fue el contable de “La Tarifeña”. Nos ofrece interesantes recuerdos de una actividad en la que las grandes industrias tenían alrededor de cien empleados, el 80% mujeres que cobraban entre 1 y 1'25 pesetas a la hora según su especialización. Los hombres se ocupaban de las tareas de fuerza que implicaban el uso de herramientas como el bichero y la faca (para el ronqueo, término que designa el despiece del pescado). En los años 50, nos cuenta Pepe, llegaban a la fábrica atunes de 700 kilos, con jornadas de trabajo de hasta 18 horas. Más de mil personas vivían directamente del trabajo en la decena de factorías que tuvo Tarifa en las décadas del 50 y 60 del siglo pasado. A lo que había unir las tripulaciones de la flota pesquera, muchos de ellos familiares de las operarias de las conserveras. Sin las mujeres no se entiende la producción de conservas en Tarifa. Dicen que por el esmero que ponen en la estiba del pescado. Y de entre ellas destacan las encargadas, empleadas veteranas ocupadas en revisar el trabajo, siempre artesano, “escamondao”, como se dice por aquí. “La Tobalina”, Isabel “La Chiclanera” o Rosario “La Mandunga” son algunas de las más célebres aunque son cientos las tarifeñas que todavía viven y que han trabajado en las fábricas. Por sus manos las conocerán.

Beatriz Díaz es una joven que lleva varios años recopilando testimonios orales de gente mayor de Tarifa. En su último libro aparece reflejado el trabajo de estas generaciones de mujeres. Empezaban muy niñas, gracias a la mediación de sus madres o familias, como en el caso de Antonia Moreno, Luz Trujillo o Mariluz Díaz (67, 69 y 62 años respectivamente). Por sus testimonios sabemos, por ejemplo, del susto que se llevaban al escuchar el súbito pitido que avisaba de que la esterilización de las latas había concluido. Era como si precediera a una explosión. O del olor pútrido que, avivado por el calor de las calderas, se metía en los poros de la piel y permanecía en el cuerpo una vez terminada la jornada. La de la fábrica, claro, porque luego seguían trabajando como amas de casa. Y todo para que, llegada la hora de la jubilación, muchas descubrieran que les quedaba una mísera pensión. Las mujeres han sido las grandes sacrificadas de las conserveras. Gracias en parte a las irregularidades en la gestión de algunos empresarios, pero también a un sistema laboral como el del franquismo que no amparaba los derechos de los tabajadores.

Amén del trabajo peliagudo del despiece del pescado, otra figura clave en la producción es el maestro conservero. Pocos, por no decir ninguno, nacieron en Tarifa. La mayoría eran onubenses, portugueses o levantinos, zonas donde había más experiencia. Siempre era un hombre, con bagaje suficiente para, una vez visto el pescado, dar la fórmula para los tiempos de cocción, esterilización y punto de sal. Juan Antonio Patrón, Cronista Oficial de Tarifa, es nieto y sobrino de maestros conserveros. Su abuelo Miguel, nacido en Cádiz, fue fichado en 1938 por Diego Piñero, que entonces ultimaba la puesta en marcha de su fábrica. Allí estuvo hasta su jubilación. Su fórmula de elaboración de la melva canutera (producto típico de Tarifa) señalaba entre 7º y 11º de cocción (según la época de captura) durante 90 minutos. La esterilización a 110º durante un periodo de entre tres horas y tres horas y media. Todo estaba apuntado en una libreta que heredó su hijo mayor, Miguel, al único que dejó continuar con el oficio. Éste entró en la fábrica siendo un zagal y acabaría como maestro conservero una vez jubilado el padre. Terminó su vida laboral en Conservas Peralta.

Juan Navarro Cortecejo, Manuel Quero Oliván y Fran Terán, todos vecinos de Tarifa, llevan tiempo (como también ocurre con la revista local “Aljaranda”) recopilando información sobre el devenir de la industria conservera. Gracias a ellos sabemos que la llegada en 1900 de la energía eléctrica (con la “fábrica de electricidad”) propició que se instalaran en la ciudad otras dos empresas al margen de “Lloret y Llinares”: “Emilio Massardo” (que también envasaba verduras y que más tarde se convertiría en “INDEMAR”) y la creada por Jerónimo y Antonio Romero. La Primera Guerra Mundial, el Protectorado español del norte de Marruecos (que proporcionaba caladeros abundantes) y la industrialización hicieron que, después de “La Tarifeña” y “Martínez y Ródenas”, surgieran otras: “Cazalla-Morales”, “Martos del Castillo” y “Diego Piñero” (décadas 20 y 30), “Peralta”, Utrera (marca “La Esperanza”), “Carranza”, “Feria” y “Vázquez” (décadas 40 y 50). Todo un “arsenal” conservero que mantuvo su pujanza hasta el último cuarto del siglo XX. La llegada de la Democracia coincidió con el derrumbe progresivo del sector. Un poderío industrial que algunos añoran y otros critican, pero que convirtió a Tarifa, sin necesidad de Internet, en marca de renombre internacional.

La prensa como instrumento para el ataque a la actividad de las conserveras. Juan Navarro Cortecejo guarda un recorte del semanario “Unión de Tarifa” (conservador) de 1926. En él Carlos Núñez y Manso (más tarde alcalde de la ciudad) editorializa sobre la necesidad de acabar con el mal olor procedente de las fábricas de pescado. Pedía un tratamiento para eliminar los deshechos y apuntaba la idea de arrojarlos al mar. Se llegó a publicar, un año antes, un romance satírico tiulado “Pescado Pocho” firmado por un tal Calaínos. Ese mismo año se aprobó un plan de infraestructuras que permitiría tener red pública de agua en la ciudad.

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